El 17 de Octubre de 1945: La nacionalización irreversible de las masas

Rosario, 16 de octubre de 2013. {“Cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas”. Karl Marx}
{{Por íngel Oliva*}}

El advenimiento de un nuevo aniversario del 17 de Octubre nos compromete y nos obliga a ofrecer, una vez más, los sentidos que aquel acontecimiento legan para la memoria del pueblo trabajador y para la nación toda.
Desde nuestro punto de vista, muy carente serí­a cualquier explicación que prescindiera de colocar aquel acontecimiento como el irreversible cause de un proceso conflictivo y contradictorio cuyo signo fundamental recae sobre la nacionalización definitiva de la clase trabajadora.

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Fundamental, entonces, para este propósito explicativo, resulta señalar, la importancia que tuvo el desarrollo industrial del paí­s impulsado preponderantemente diez años antes y el crecimiento y maduración en la lucha, consecuentes de aquella clase obrera que gestó los hechos de Octubre de 1945.

El crecimiento industrial, producto de una definitiva y tantas veces postergada, sustitución de importaciones, impulsada por las alas reformistas de las clases dominantes del paí­s, resultó significativo: entre 1935 y 1946 los establecimientos industriales aumentaron de 38.456 a 86.440; y el número de trabajadores empleados en ese sector pasó de 435.000 a 1.056.673. Por lo tanto la población ocupada en la industria creció cerca del 122 % y el empleo en actividades comerciales lo hizo en un 114 %.

Este crecimiento exponencial de las clases industriosas contrasta con la escasa cantidad de obreros sindicalizados. Se estima que hacia 1943 se encontraba organizada sólo el 20 % de la fuerza laboral y de los 447.212 afiliados sindicales que se registran para ese año, el sector de transportes y servicios representaba más del 50 % y la industria sólo aportaba 144.722 afiliados.

Por último, hacia 1945, el número total de afiliados sólo supera al de 1941 en un 20 % y los mayores incrementos se registran en las actividades industriales.

Se deduce, entonces, que la gran mayorí­a de los 87.000 nuevos afiliados que se registran en el perí­odo, lo hicieron en organizaciones nuevas.

Dichos números permiten colegir que sobre la segunda mitad de los años 30 y la primera de los 40, y como consecuencia del crecimiento industrial, se configura un paisaje renovado en la clase obrera con el protagonismo de nuevos sindicatos (metalúrgicos, construcción, industria alimenticia) o el reciclaje de algunos más antiguos (industria de la carne, ferrocarriles), y la emergencia de nuevos dirigentes sindicales.

Aún así­, la gran mayorí­a del sector no está organizado y además, tanto en relación a las organizaciones tradicionales como en relación a las nuevas, existe un retraso evidente por parte del Estado, en cuanto a la legislación laboral, especialmente en cuanto al reconocimiento de las organizaciones como agentes legí­timos de negociación.

Esto es fundamental porque la organización básica de los trabajadores es, a la vez que su herramienta reivindicativa, su instrumento polí­tico primario frente al herramental de clase de las patronales.

La tarea desplegada por el Coronel Perón y su equipo de colaboradores desde el 27 de Noviembre de 1943, fecha en que el viejo y formal Departamento de Trabajo es elevado al estatuto de Secretarí­a de Trabajo y previsión, hasta el 10 de Octubre de 1945, en que se ve forzado a renunciar por la presión al uní­sono de patronales y la cúpula militar, modifica diametralmente el sentido de la relación entre el estado y las organizaciones sindicales.

Con el saldo inédito de 29 decretos a favor de las leyes laborales, entre los que se cuentan el primer decreto aplicado de Asociaciones Profesionales, la creación de los primeros Tribunales de Trabajo, la creación del Estatuto del Peón de Campo y principalmente del decreto del Salario Mí­nimo Vital y Móvil, 319 convenios firmados y 174 gestiones conciliares; la tarea de la STyP otorga un piso legal a los trabajadores y sus organizaciones que ya no podrá ser removido. Pero principalmente modifica la perspectiva polí­tica de la clase: el efecto orientado hacia el convencimiento colectivo de que no sólo es conveniente y eficaz organizarse en clave de las reivindicaciones, sino también que dicha organización y defensa de los beneficios obtenidos configura un lugar decisivo para la clase en la lucha polí­tica general.

El hecho de que la tarea desplegada de la STyP y acompañada por la movilización obrera, fuera llevada a cabo en el marco de una dictadura declaradamente antidemocrática, cuando no, abiertamente represiva, puebla de contradicciones al proceso. Sobre la primera mitad de 1945, la dictadura, presionada por las fuerzas democráticas del paí­s y por las fuerzas internacionales pregoneras de la libertad imperialista, tambalea, los partidos tradicionales de la clase obrera no dudan, desde sus conducciones de caracterizar de fascismo la polí­tica del gobierno militar, incluyendo la tarea de Perón, que a esa altura concentra las disí­miles funciones de Secretario de Trabajo y previsión, Ministro de Guerra y Vicepresidente. La unilateral caracterización de las acciones del régimen lleva a aquellos partidos a aliarse, en un clima polí­tico inevitablemente atravesado por la conflagración mundial, con los sectores polí­ticos representantes de las patronales del campo y la ciudad. El reclamo ruidoso y de fuerte presencia en las calles de apertura polí­tica y denuncia antifascista proveniente de las voces de la llamada Unión Democrática, impide ver que detrás de aquella ofensiva contra la arbitrariedad del régimen, se oculta, mal disimulada, otra que está encabezada por las patronales contra las nuevas conquistas obreras facilitadas por el Estado.

En este marco, el 2 de Setiembre de 1945 y en ocasión de celebrarse el Dí­a de la Industria, Luis colombo, presidente de la UIA pronunciaba estas palabras que atrincheradas detrás de consignas de asistencia social y democratizantes, revelaba la reacción y la afrenta extorsiva de las clases propietarias frente a dichas conquistas:

{“Los inopinados aumentos de salarios y el sofí­stico decreto de jubilaciones que, según los cálculos actuariales, serí­a imposible de cumplir, todo ese despilfarro sin control, crea un futuro de grandes consecuencias económicas para el paí­s, y, en mayor grado, para el proletariado, porque la enorme deuda que se carga sobre la nación gravitará pesadamente sobre la masa del pueblo, por ser la mayorí­a consumidora”}.1

Los elementos contradictorios presentes en la doble cara de esta ofensiva no evitaron un marcado repliegue de la junta militar frente a los reclamos de constitucionalidad, ni el convencimiento de las clases medias y altas del paí­s, así­ como de los voceros del imperialismo, de que ya estaba definida la escena a favor de la variopinta coalición opositora.

Aún más, fogueados hace tiempo, en la gimnasia de un comportamiento pragmático, las conducciones de la CGT, cuya temperatura ideológica la marcaba todaví­a la tradicional conducción de la Unión Ferroviaria, sin dejar de presentar su reconocimiento hacia la tarea de Perón, se apresuraron a demarcarse de un definido enfrentamiento con los centros opositores.

Colocados en la incómoda contradicción de no caer definitivamente en el bando equivocado y, a la vez no terminar siendo definitivamente cómplices de una virtual pérdida de los espacios conquistados, la CGT convocó a su Comité central confederal para el dí­a 15 de Octubre para evaluar la conveniencia o no de una huelga general.

La delegación que el 9 de ese mes expresó una tibia solidaridad para con el Coronel Perón por su forzada renuncia y los 70.000 trabajadores reunidos ante el mismo coronel cuando se despidió un dí­a después, no representaron actos que disiparan, para aquella conducción, las dudad en cuanto al desenlace que pudiera tener una huelga la llamada en un clima hostil al gobierno.

Dudas que se reflejaron en los debates: mientras una buena parte de la Confederación, encabezada por los dirigentes ferroviarios sostuvieron el levantamiento de la medida subrayando las palabras del General ívalos de que se respetarí­an sus derechos, la mayorí­a de los sindicatos liderados por delegados de ATE y la UT, declaraban:

{“Las masas obreras, para qué vamos a negarlo, nos están arrollando en forma desordenada. Si este cuerpo no resuelve la huelga general, les puedo asegurar que será impotente para contener la huelga, que se producirá lo mismo por el estado emotivo de los trabajadores. Tanto en Rosario como en Tucumán la huelga ya está declarada”}. 2

Efectivamente, las palabras del dirigente rosarino expresaban un sentir molecular y subterráneo y que habí­a estado encubándose en un proceso silencioso pero intenso, que partí­a del convencimiento en los lugares de trabajo de cada rincón del paí­s, de que esa era la hora de defender lo conquistado. Ni la propia acción concienzuda de los referentes del joven y frágil Partido Laborista, creado un año antes al calor de las movilizaciones, podí­a reflejar y abarcar el signo de ese sentir, que sin embargo, habí­an a contribuido a formarlo.

Y aunque la CGT por 16 votos a 11, finalmente decretó la huelga para el dí­a 18, y lo hizo cuidándose de no mencionar en su comunicado la exigencia de la inmediata libertad del Coronel Perón, el 17 de octubre, ignorando esa resolución las masas obreras desde muy temprano fueron poblando la Plaza de Mayo hasta convertirla en un verdadero mar de trabajadores y trabajadoras con el solo convencimiento de no retirarse hasta que la crisis estuviera volcada a favor de sus reclamos.

Se hací­a visible allí­, en esa verdadera ocupación del espacio republicano, aquello que el paí­s burgués habí­a negado tantas veces, que sólo lo veí­a como una superfetación inorgánica y bastarda de sus propiedades sacrosantas.

Se hací­a visible allí­, también, en la imagen móvil de la mirí­ada de almas plebeyas defendiendo en masa su espacio social, la contundente desmentida de toda una intelectualidad ciega y vetusta, que nunca pudo ver a la Nación más que como el teatro de acción de tres o cuatro señoritos campeando sobre el desierto argentino.

Se hací­a visible allí­, por último, el hecho de que de allí­ en más, ya no serí­an los gabinetes, ni los contubernios de campanario, sino los cabildos abiertos a la multitud nacional los que definirí­an las grandes lí­neas del porvenir.

Nadie pudo señalar mejor el significado de esa gesta que un protagonista e inspirador de aquellos hechos:

“En primer lugar señala el hecho histórico de la mayor trascendencia nacional, que ha de gravitar decisivamente desde entonces en la vida del paí­s, es el certificado de la mayorí­a de edad polí­tica de nuestras masas laboriosas. Es su 25 de mayo nacional. Es la expresión cabal y terminante de su condición de base de la sociedad argentina, gestora de su riqueza y motor de su superación. Y es su brillante afirmación, sin que se oyera controversia, de que el provenir de la nacionalidad está intima, sólida y totalmente ligado al porvenir de sus masas productoras.”

{{Citas}}

{1- Citado en Del Campo, Hugo: “Sindicalismo y peronismo. Los comienzos de un ví­nculo perdurable”, ed. CLACSO, Bs. As, 1983.

2- Palabras de Ramón Bustamante del sindicato de la carne de Rosario al confederal de la CGT el 15 de Octubre de 1945. Citado en: Ibí­dem., Pág. 219.

3- Reyes, Cipriano: “Y hice el 17 de Octubre” ed. G. S., Buenos Aires, 1973.
}

{{{Oliva, íngel. Rosario, 1970; historiador, docente de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), militante polí­tico y sindical.}}}

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