El pensamiento de Manuel Belgrano: Independencia y Desobediencia

Por Antonio Oliva*
La historia de las guerras de independencia nacional y los hechos protagonizados por Manuel Belgrano se han relatado una y mil veces desde que Bartolomé Mitre, en su intento de refundar, a partir de su pluma la genealogí­a del poder en la historia de los “padres fundadores de la patria”, legitimaba a partir de dicha escritura el nuevo orden que se abrí­a a partir de 1880 con la República Conservadora. Compartir Facebook




Sus obras, {Historia de Belgrano} (cuya cuarta edición ampliada es de 1887), los tres volúmenes de la {Historia de San Martí­n} (1887, 1888, y 1890), considerada obra fundante de la historiografí­a oficial, de la emancipación americana; y la {Oración} que pronunció con motivo del centenario del nacimiento de Bernardino Rivadavia forman una cabal historia de la Argentina.

Posteriormente, historiadores como Adolfo Saldí­as y José Marí­a Rosa cuestionaron fuertemente los intentos legitimadores de Mitre y su panteón de héroes liberales, dando lugar al llamado {revisionismo histórico}, que a partir del rescate de los caudillos federales opuestos a Buenos Aires en las guerras civiles (1820-1880), elaboraban otro “panteón federal” para significar la mirada nacional frente a aquellos que en su mayorí­a habrí­an construido una nación mirando hacia Europa.

Más allá de los intentos de historiadores nacionales e internacionales que trabajaron la década de la revolución y la guerra camino a la Independencia –Halperí­n Donghi, Juan Carlos Chiaramonte, John Linch, etc-, el pensamiento polí­tico de Belgrano y su cálculo militar revolucionario no ha tenido análisis serios que explicaran su lugar en la Revolución de Mayo y los sucesos militares posteriores.

Es por esto que, en términos generales, la figura de Belgrano ha quedado confinada, mediante la reproducción del rito escolar, al hombre que se viste con el ropaje de la Patria naciente, funda una serie sí­mbolos nacionales tal cual ahora los conocemos (la escarapela y la bandera celeste y blanca) y da ejemplos de austeridad y desprendimiento material absolutos al llegar su muerte en 1820 producto de un carcinoma hepatocelular, en el marco un paí­s y una nación descompuestas e inmersas en la guerra civil.

A su vez, la unidad de un pensamiento revolucionario en crecimiento, como la de Belgrano y otros militantes de la gesta de mayo y la guerra contra el español, se ha segmentado demasiado según las etapas que a lo largo de su vida fueron conformando las actividades que la patria y su causa le encomendaba. Así­ existe un estudiante en Salamanca y Valladolid, que luego serí­a un Belgrano economista, para convertirse en periodista y a partir de 1808-9 un Belgrano militante y posteriormente militar destacado.

Me gustarí­a pensar algún aspecto de esa unidad de pensamiento en crecimiento de las cuales esas biografí­as más bien se alejan, desmembrando las ideas de un militante en múltiples tareas asignadas a una especie de “ontologí­a de la Patria” que mandataba a sus hijos. Esa unidad de pensamiento se encuentra en Belgrano, en la construcción gradual de la idea de Independencia, más allá de las acciones y escenarios que para plasmar esa idea, Manuel Belgrano decidió transitar a lo largo de su corta vida.

El ideario independentista, para decirlo rápidamente, no era hegemónico en el pensamiento revolucionario de los ilustrados criollos y españoles que participaron de la revolución de 1810. La mayorí­a de los participantes de la Primera Junta de gobierno y las milicias porteñas por ella creadas, cabalgan sobre la idea de conservar los recursos de los pueblos del virreinato para la corona española mientras el rey Fernando continuara preso de los franceses en la Pení­nsula Ibérica, y si bien las ideas de {Patria y Nación} eran conocidas en el continente americano a través del diagnóstico de la Revolución Francesa y la Independencia Americana; pocos en estas tierras pensaban entregar los recursos del virreinato a un gobierno autónomo que no tení­a forma de poder definido y que debí­a gobernar sobre pueblos tan disí­miles y poco conocidos por la militancia porteña. Así­, hasta la intervención de los ejércitos de lí­nea de San Martí­n y Alvear en el sur y Bolí­var en el norte, la idea de {independencia} no se convirtió en la lí­nea estratégica de los pueblos en revuelta, y mientras se combatí­a frente a la invasión del español y se lo consideraba el enemigo a derrotar en la guerra, otra guerra de ideas, de idas y vueltas y de proyectos no autonomistas predominó en los distintos gobiernos porteños.

Las grandes fortunas en riesgo de la elite comerciante porteña primero y de los dueños de tierra en las campañas virreinales allende a las ciudades –campaña de Buenos Aires y de la Banda Oriental-, por ejemplo, con posterioridad, pugnaron por una salida donde la conexión con el mercado español no se resintiera con la guerra o se articulara al sistema colonial inglés, como una forma de conservar sus privilegios, como se decí­a entonces “cambiando de amo”.

Por lo tanto en los distintos gobiernos de la ciudad de Buenos Aires, participaron activistas que lejos de pensar la independencia como fin estratégico, se cuidaban mucho de no incomodar a la corona española o a los funcionarios ingleses del Imperio Portugués aunque su poder residiera en los pueblos del espacio virreinal alzados en armas. Aquí­ podemos encontrar, a Cornelio Saavedra, el hombre de la elite militar porteña, a Manuel de Sarraetea y Feliciano Chiclana, que siendo parte del Primer Triunvirato abogaban por la centralidad bajo gobierno español antes que admitir el desmembramiento de la Banda Oriental y Paraguay con pretensiones autónomas, por último, al hombre fuerte del Primer Triunvirato y uno de los “excelsos” del panteón liberal, Bernardino Rivadavia, que en distintas oportunidades demostró que su posición era abrazar al imperio inglés para no repartir las riquezas obtenidas a través de la Aduana de la ciudad de Buenos Aires.

Se podrí­a sostener entonces que desde octubre de 1810, momento en el cual la guerra bajo el mando de la Primera Junta se hace presente en el Alto Perú con la creación del Ejército del Norte, hasta la destitución del Primer Triunvirato por el Segundo hegemonizado por la Logia Lautaro en Octubre de 1812 y que constituyó una clara victoria de las fuerzas independentistas (San Martí­n, Alvarez Jonte, Nicolás Rodrí­guez Peña, etc.); la lí­nea divisoria de la acción polí­tica de los activistas pasaba por quienes abogaban por romper las cadenas frente a cualquier gobierno que no supusiera una soberaní­a restringida de los pueblos (proyecto independentista de Belgrano, San Martí­n, Artigas, Francia, etc.) y aquellos que hací­an un cálculo militar y económico encomendándose a normalizar la corona española o con la veña del Imperio portugués negociar una relativa autonomí­a bajo el Imperio Británico.

Por su parte la guerra hacia comienzos de 1812, que es donde situamos las acciones independentistas de Belgrano, se habí­a desarrollado desfavorablemente:

La guerra iniciada contra los funcionarios españoles que no reconocí­an el nuevo gobierno se extendió al Alto Perú, el Paraguay y la Banda Oriental.

“¢ En el {{Alto Perú}} las fuerzas revolucionarias, enviadas por la Primera Junta, obtuvieron la victoria de Suipacha (7 de noviembre de 1810) liberaron Potosí­ y expandieron la revolución en la región. Sin embargo, el triunfo no pudo mantenerse: el ejército español recibió refuerzos del Perú y logró vencer en Huaqui (20 de junio de 1811). Los revolucionarios debieron retirarse hasta Jujuy y los absolutistas recuperaron la región.

“¢ En el {{Paraguay}} una expedición dirigida por Belgrano debí­a lograr el reconocimiento del gobierno de Buenos Aires. Las fuerzas porteñas fueron derrotadas en Paraguarí­ (9 de enero de 1811) y Tacuarí­ (9 de marzo de 1811). No obstante, el 14 de mayo de 1811 estalló en Asunción una revolución liderada por liberales que destituyó al gobernador y estableció una Junta local Presidida por el Doctor Francia. Desacuerdos con el gobierno de Buenos Aires impusieron una polí­tica aislacionista que mantuvo al Paraguay al margen de la guerra por la independencia.

“¢ En {{la Banda Oriental}} estalló una insurrección de la población rural contra las autoridades españolas de Montevideo. El movimiento cobró fuerza bajo la jefatura del hacendado José Gervasio de Artigas.

El gobierno de Buenos Aires decidió el enví­o de fuerzas que, junto con los orientales, vencieron en Las Piedras a las tropas de Francisco Javier de Elí­o (gobernador realista de Montevideo) y pusieron sitio a Montevideo en junio de 1811. Sin embargo, la ciudad estaba perfectamente amurallada y resistió. La flota española dominó el rí­o y bloqueó el puerto de Buenos Aires.

A mediados de 1811 la situación militar se tornó desfavorable. La derrota de las fuerzas revolucionarias en Huaqui dejó el Alto Perú en manos enemigas e interrumpió el comercio con Potosí­. La Junta decidió enviar a Saavedra al Norte para reorganizar el ejército y frenar la posible invasión española; el gobierno quedó así­ sin su principal autoridad. En la Banda Oriental, el ejército revolucionario habí­a puesto sitio a Montevideo. Elí­o, designado virrey del Rí­o de la Plata, contaba con la flota de Montevideo, con la cual dominaba los rí­os y bloqueaba Buenos Aires.

Finalmente, buscando proceder con celeridad, se decidió el 8 de septiembre de 1811 la creación de un Ejecutivo de tres miembros, responsables ante la Junta. El Primer Triunvirato asumió el 23 de septiembre de 1811, integrado por Feliciano Chiclana, Juan José Paso y Manuel de Sarratea, con Bernardino Rivadavia, José Julián Pérez y Vicente López y Planes como secretarios. La junta Conservadora se abocó a la tarea de elaborar un documento para establecer las atribuciones de cada poder y el funcionamiento del gobierno, redactando el 22 de octubre de 1811 un Reglamento Orgánico que adoptaba el principio de división de poderes. El Poder Ejecutivo se delegaba en el Triunvirato, que respondí­a ante la Junta Conservadora. El Triunvirato, considerando que ésta se reservaba excesivos poderes, disolvió la Junta Conservadora, dejó sin efecto el Reglamento Orgánico y asumió la totalidad del gobierno.

En diciembre de 1811 estalló un golpe contra el Triunvirato y tropas del gobierno lo reprimieron. El Triunvirato suprimió las juntas provinciales, demostrando su tendencia centralista; también postergó la definición del tema de la independencia y la Constitución.

En este contexto el Primer Triunvirato decide en Diciembre de 1811, asignar a Manuel Belgrano la tarea de controlar los cursos fluviales desde las costas santafesinas y entrerrianas. Los realistas dominaban tanto las corrientes del Paraná, como del Uruguay, lo que representaba una amenaza tanto para el sitio de los criollos a Montevideo, como para un futuro desembarco y sitio de los españoles a Buenos Aires. Para este fin se le destina el 1º Regimiento de Patricios.

Este regimiento está conformado con los restos leales al Triunvirato, de las tropas porteñas que se habí­an acuartelado en ese mismo mes en Buenos Aires y que se conoce como “Motí­n de las trenzas”. En efecto El Triunvirato habí­a separado a los saavedristas del mando de los Patricios y los habí­a designado con tareas en el Norte. La ausencia del viejo Director de Armas al mando de la tropa desató un motí­n del ala criolla y popular de la milicia que debió ser reprimida violentamente, luego de una negociación infructuosa donde los Patricios, sin rumbo y sin jefatura, habí­an repudiado el mando de Belgrano y pretendí­an elegir a uno de sus representantes como guí­a. La anécdota del motí­n denunciaba el escaso ví­nculo que uní­a a la elite revolucionaria porteña con las milicias populares, para las cuales, equivocadamente o no, Saavedra habí­a constituido un mando firme desde la época de las invasiones Inglesas de 1806 y 1807.

Belgrano sabe entonces que la tropa que va hacia las barrancas del {{Pago de los Arroyos}} no le es necesariamente leal por más que la represión a los cabecillas del motí­n habí­a representado un duro escarmiento. Es en este contexto donde Belgrano piensa en la Independencia como consigna y en los sí­mbolos patrios. La arenga a la tropa y al pueblo del {{Rosario}} el 27 de febrero de 1812 en el marco de la bandera enarbolada para inaugurar las baterí­as “Independencia” (significativo nombre) y “Libertad”, supone un mojón más de una constante certeza que posee Belgrano más que ningún otro de los revolucionarios de mayo: no puede haber lealtad a la Revolución sin una concepción transmitida a los pueblos de los que representa la {Independencia}. Y no puede haber {Independencia} sin la anuencia de los pueblos en armas.

Por su parte cada pueblo posee y/o adquiere una idea de la Independencia que se articula con las experiencias particulares de cada región en un tan basto territorio. Esta certeza belgraniana que también poseyó Artigas en la Banda Oriental, se diferencia también del encumbrado jacobinismo de Moreno, quien a pesar de sus firmes convicciones independentistas, no logró ver (también por su rápido asesinato) que las ideas se encarnan en diálogos con los pueblos y no a través de convicciones uní­vocas, aún si estas convicciones están impulsadas por buenas intenciones.

La anécdota de la creación de la bandera y la firmeza de la idea independentista transmitida a una tropa esquiva a las órdenes del nuevo general, contrasta con la visión antagónica que el Primer Triunvirato tiene de la creación de la misma. Vale citar en extenso la nota donde se verifica esto claramente del hombre fuerte del Triunvirato, el secretario Bernardino Rivadavia:

“La situación presente, como el orden y consecuencia de principios a los estamos ligados, exige de nuestra parte, en materia de la primera entidad del Estado, que nos conduzcamos con la mayor circunspección y medida; por eso es que las demostraciones con que inflamó V. S. a las tropas de mando, esto es, enarbolando la bandera blanca y celeste, como indicante de que debe ser nuestra divisa sucesiva, las cree este gobierno capaz de destruir los fundamentos con que se justifican nuestras operaciones y las protestas que hemos anunciado con tanta repetición, y que en nuestras comunicaciones exteriores constituyen las principales máximas polí­ticas que hemos adoptado”

Por consiguiente, para no “destruir los fundamentos” se obliga al {{general desobediente}} guardar la bandera. Las máximas de Rivadavia no llegarán a manos de Belgrano hasta mayo de ese año, cuando éste ya estaba a cargo del Ejército del Norte y en Jujuy la habí­a vuelto a enarbolar y jurar frente a la tropa.

Estas desavenencias del mando porteño, no son más que perspectivas diferentes acerca de si jurar sí­mbolos que denoten la idea de {Independencia}, o que “nos conduzcamos con a mayor circunspección y medida” en materia independentista.

La relación de Belgrano con una idea de la {Independencia} vinculada a la percepción que de esta vaga noción iluminista tení­an los pueblos del ex virreinato, será una vez más demostrada, con enorme talento histórico, en Jujuy, en el centro del Imperio colonial español, atrayendo tras de sí­ hasta Tucumán (y no hasta Córdoba como el Triunvirato habí­a mandatado) las pobladas famélicas altoperuanas para iniciar la contraofensiva hacia Salta.

El éxodo jujeño da a Belgrano la estatura de un gran militante revolucionario, ése que no está a menudo en las escuelas.

{{*Antonio Oliva es historiador, militante, escritor y docente de la Facultad de Humanidades y Artes en la Universidad Nacional de Rosario (U.N.R), y en el I.E.S. Nº 29 de San josé de la Esquina}}

[Más información en este link. Pelí­cula BELGRANO->http://www.encuentro.gov.ar/nota-3830-Belgrano-Una-nueva-ficcion-historica-se-estreno-en-el-Monumento-a-la-Bandera.html]

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