“En 2010 se necesitaban $ 5000 para vivir dignamente”

Originariamente, la fuerza de trabajo era adquirida por los empresarios como cualquier otra mercancí­a. El mercado lo regulaba todo, incluso los salarios. Pasaron dos guerras mundiales, una revolución socialista y mucha sangre de trabajadores fue derramada, para que el Estado intervenga en la conflictiva relación entre el capital y el trabajo.

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Ya se habí­a teorizado sobre la necesidad de fijar un precio mí­nimo a esa mercancí­a, el trabajo humano, y sobretodo, acerca de cómo calcular su valor; pero fue sólo hacia los años 30 que el propio sistema capitalista resolvió la cuestión.

Estados Unidos, estaba sumida en una de sus crisis económicas más profundas, y en 1933 Franklin D. Roosvelt fue electo presidente. Inspirado en las ideas de Keynes, tomó una serie de drásticas medidas económicas, entre las que sin dudas sobresale la fijación de un salario mí­nimo que, en sus palabras, “no solamente permita la subsistencia, sino que hagan posible una vida decente” a los trabajadores. Esta medida perseguí­a la elevación del poder adquisitivo de los salarios y aumentar consumo interno, generando de esta manera más demanda y, por ende, más trabajo. Agregó Roosvelt en su primer discurso que “ningún comercio, cuya existencia dependa del pago de salarios menores que los suficientes para la vida a sus obreros, tiene derecho a continuar en este paí­s”.

En Argentina, algunos años después, en diciembre de 1945 y luego de una gran movilización obrera, se aprobó el Decreto 33.302/45, que habí­a dejado redactado Juan D. Perón antes de renunciar a la Secretarí­a de Trabajo y Previsión, 17 de octubre mediante. Una huelga general que enfrentó un lock out patronal en enero de 1946 logró imponer la vigencia de ese salario mí­nimo, a pesar de las vociferaciones patronales acerca de la imposibilidad de pagarlo, muy similares a las actuales. En febrero de ese año Perón ganó las elecciones, en gran medida -cómo negarlo-, gracias a la sanción de ese decreto, viejo anhelo del movimiento obrero.
El decreto de Perón estableció que “Salario vital mí­nimo es la remuneración del trabajo que permite asegurar en cada zona, al empleado y obrero y a su familia, alimentación adecuada, vivienda higiénica, vestuario, educación de los hijos, asistencia sanitaria, transporte o movilidad, previsión, vacaciones y recreaciones”.

Esa norma perduró muchos años, y desde 1974, cuando se sancionó la Ley de Contrato de Trabajo, para nuestra legislación salario mí­nimo vital y móvil es “la menor remuneración que debe percibir en efectivo el trabajador sin cargas de familia, en su jornada legal de trabajo, de modo que le asegure alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestuario, asistencia sanitaria, transporte y esparcimiento, vacaciones y previsión” (art. 116).

Es decir, hace más de medio siglo que en Argentina y en el mundo capitalista occidental se estableció que el valor de la fuerza de trabajo es la suma de dinero necesaria para cubrir esas necesidades. Obviamente, debido a la inflación, esa suma varí­a.

Según un cálculo del Instituto de Estadí­sticas de la Universidad Nacional de Rosario, en diciembre de 2010, la suma necesaria para cubrir las necesidades que estipula la Ley de Contrato de Trabajo como previstas por el Salario Mí­nimo Vital y Móvil era de $ 5.000. Otros cálculos recientes rondan esa cifra, pero es indudable que para vivir dignamente, esto es, alquilar una vivienda, vestirse, alimentarse adecuadamente, garantizar la educación de los hijos, pagar el transporte diario, irse de vacaciones, e ir al cine, al teatro, o comprarse un libro por mes, $ 5.000 es una suma razonable.

En nuestro paí­s, el órgano que tiene a cargo la fijación del Salario Mí­nimo, Vital y Móvil (SMVM) es el Consejo del Salario, que hace pocas horas, lo estableció en $ 2.300. Según vimos, actualmente la fuerza de trabajo tiene un valor de $ 5.000, pero el Consejo del Salario fijó su precio en $ 2.300, es decir, menos de la mitad su valor.

Esto significa que, a pesar de que la ley vigente establece que con el SMVM un trabajador debe cubrir todas las necesidades antes mencionadas, al fijarse en menos de la mitad de lo necesario para ello, la clase trabajadora debe prescindir de la mitad de esas garantí­as. Concretamente, debe elegir entre vestirse, alimentarse adecuadamente, mandar a sus hijos a la escuela, utilizar el transporte, acceder al esparcimiento, tener una vivienda digna, irse de vacaciones, pero no todo ello, a pesar de que la Ley de Contrato de Trabajo y la Constitución Nacional hoy se lo garantizan.
Lo propio ocurre con las jubilaciones, que deben ser del 82 % móvil del salario de la actividad, y si es menor al SMVM tal su definición (según vimos, hoy deberí­a ser de $ 5.000), debe ser igual a éste, ya que un trabajador jubilado tiene el mismo derecho que un trabajador activo a cubrir esas necesidades, lo que es imposible con los menos de $ 1.500 que actualmente reciben de haber mí­nimo la gran mayorí­a de los jubilados.

Así­, gobierno, empresarios y los sindicalistas que fueron invitados a la negociación, derogaron de facto la normativa que teóricamente garantiza al conjunto de los trabajadores argentinos una vida digna.

Vale la pena recordar que tanto aquellas ideas de Perón en Argentina como las de Keynes que se implementaron en EE.UU en la década del “˜30, tení­an como objetivo elevar el consumo interno, la producción, y tender al pleno empleo, y todo ello como estrategia para salir de una de las mayores crisis que el sistema capitalista registrara hasta entonces. Ello fue acompañado de una polí­tica de control de cambios, nacionalización de la banca y tasa de interés mí­nima.

En el mundo actual, y la Argentina no es la excepción, los bancos y el capital financiero son los grandes ganadores del sistema, a pesar de ser los que nos llevaron a esta tremenda crisis, de pronóstico más que sombrí­o, por ser cautelosos en el diagnóstico.

Mientras tanto, la Unión Industrial Argentina y la Presidenta de la Nación coinciden en que el Salario Mí­nimo de nuestro paí­s es el mayor de Latinoamérica. Probablemente sea cierto, en términos reales no lo sabemos, pero lo que está claro es que mientras el salario se siga pagando por debajo de su valor, y los bancos sigan exhibiendo la mayor rentabilidad de la década, el paí­s no está encaminado, a pesar de los discursos, en la senda del trabajo, el consumo, la producción, el pleno empleo y la distribución de la riqueza.

El Gobierno ha señalado, y los pocos estudios existentes lo avalan, que la tasa de ganancia media de los empresarios en Argentina –grandes, medianos y pequeños- es superior a la de cualquier paí­s del mundo. Si a eso le sumamos los balances extremamente positivos de la banca local, está más que claro que ello sólo es posible pagando la fuerza de trabajo por menos de que vale.

Debieran entonces observarse sin temor ni vergí¼enza las polí­ticas que hace medio siglo sirvieron para enfrentar una de las mayores crisis, y que en estas tierras llevaron a los trabajadores a ser no sólo los mejores remunerados de Latinoamérica, sino los que se enorgullecí­an de tener, fruto de su trabajo, su propia casa, y de que sus hijos vivirí­an mejor que ellos, porque podí­an ir a la universidad pública, derecho al que los jóvenes chilenos aún les cuesta la vida.

No creo que las dictaduras militares ni el neoliberalismo hayan podido borrar del todo las huellas de aquella senda, es cuestión de tener gobiernos con la voluntad polí­tica de implementarlas, y trabajadores que luchen por ellas.

{{Matí­as Cremonte
Abogado laboralista.
Director del Departamento Jurí­dico de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE-CTA)}}

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