Evita, entre nosotros y ellos

*Por Raúl Daz. El 7 de mayo de 1919, en el campo la Unión, frente a los toldos de Coliqueo, cerca de Juní­n, provincia de Buenos Aires, nació Evita, hija de Juan Duarte y Juana Ibarguren. Allí­ pasó toda su infancia hasta la muerte de su padre, a quien no pudo acompañar en su deceso porque la familia “legí­tima” le prohibió la entrada al velorio. Los caminos de su vida no estaban asfaltados para coronar estancias de terratenientes.

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Pasó su adolescencia en Juní­n, allí­ escucharon por primera vez su voz. Recitaba su poemario en “las horas selectas”, programa en el cual, una vez por semana, su conductor, Primo Arini, hací­a desfilar a los audaces. Y, como no podí­a ser de otra manera, Evita estaba entre ellos. Iba creciendo entre lo desconocido.

Migrar era su sueño y a los 15 años se hizo realidad. Palmira Repetí­, su maestra de grado, resaltaba su intuición artí­stica “Cuando terminó la escuela vino a contarme sus proyectos. Me dijo que querí­a ser actriz y que tendrí­a que irse de Juní­n. En esa época no era muy común que una muchachita provinciana decidiera ir a conquistar la Capital”.

Buenos Aires fue el comienzo de su gran transformación.

La cruz de Cristo fue su cruz. Sus treinta y tres dijeron basta un 26 de julio de 1952. La voz de un locutor anunció por la cadena nacional de radio: “A las 20.25 Eva Perón entró en la inmortalidad”. Dejando el recuerdo de su primera obra de teatro en memoria de los algodoneros chaqueños. El oro blanco de los explotados. Los diarios hablaron. Las calles mojadas lloraron su partida. Las masas en las calles desafiaron viento y lluvia. Sus descamisados, sus niños y sus viejos, sus trabajadores no la abandonaron nunca.

A Perón le pidió por favor que aflojara. Que prestara oí­do al pedido de los obreros. Pero no hubo caso. La excusa de su salud no hizo posible el anhelo de acompañarlo. Fue conocido como el gran renunciamiento. Cuanta blasfemia y dolor causaste. Retirados, en silencio, vieron llegar la elegí­a de tu muerte. Cuentan sus hermanas que la última frase que pronunció, casi inaudible, fue: “Eva se va”. Y se quedó dormida. Pocas horas después, su corazón dejó de latir.

El pueblo te dirí­a: Es tu ocaso el de los í­dolos. Tus palabras fueron verdades para los humildes. Zánganos, odiosos y despectivos, las oligarquí­as porteñas, feudales, irracionales y racistas, crearon su marca registrada: “cabecitas negras”. Su enojo no fue en vano, por eso no duerme nunca, mujer cansada, visible y susceptible de pasiones.
Abrigó esperanzas y fue retribuida con la lucha de los derechos denegados.

Se ocupó de los necesitados y de las necesidades. Su apariencia fue el olor de la conquista. Evita no era una sola. No podemos hacer de ella un arquetipo. Clavó una antinomia, por eso su mito desformado.

La consecuencia de sus actos dio vida a hechos que jamás hubiera imaginado. Tomó las entrañas criollas de su madre. La razón de su vida, como supo explicar años más tarde, fue la búsqueda de justicia. “He hallado en mi corazón, un sentimiento fundamental que domina desde allí­, en forma total, mi espí­ritu y mi vida: ese sentimiento es mi indignación frente a la injusticia. Desde que yo me acuerdo cada injusticia me hace doler el alma como si me clavase algo en ella. De cada edad guardo el recuerdo de alguna injusticia que me sublevó desgarrándome í­ntimamente”.

Su obra benéfica no estuvo y ni estará asociada a la coqueterí­a selecta.

{{* Secretario de Acción Polí­tica ATE – CTA Rosario}}

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