Ochenta y siete años de luchas, sueños y esperanzas

Transcurre la tarde del 15 de enero de 1925. En el amplio salón del Teatro Verdi, en el barrio de La Boca, algo más de un centenar de obreros se aprestan a iniciar una singular reunión.

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Los orí­genes*

Han llegado hasta allí­ desde los talleres que la Dirección Nacional de Navegación y Puertos tiene instalados en el Riachuelo y en la zona portuaria. Uno de esos trabajadores, Juan Popovich, toma la palabra y expone ampliamente sobre la situación de penuria e injusticia en que están sumergidos los estatales y habla de la necesidad de “dejar constituida una organización que agrupe en su seno a todos los productores que dependen del gobierno nacional, por ser éste el único medio de defensa de nuestros intereses”.

Todos están de acuerdo. Se mocionan varios nombres para presidir la asamblea. A las 17.45, Juan Mariño del Taller Central, elegido presidente, declara abierto el acto.

Habla otro obrero de apellido ílvarez para proponer que la nueva organización se denomine Asociación de Trabajadores del Estado. Sin embargo se decide que la elección del nombre quede a cargo de la Comisión Administrativa que a continuación se va a pasar a votar.

Para tales fines, un trabajador de apellido Rodrí­guez, presenta una moción con los nombres de 19 candidatos que es aprobada sin mayor discusión. De la primera conducción de la ATE, 9 de sus integrantes pertenecen al Taller Central y los 10 restantes a los talleres ubicados en las calles Brasil y Belgrano.

Resuelta la fundación de la organización de los obreros estatales y elegida su primera dirección, el mismo Rodrí­guez propone -y es aceptado- la fijación de una cuota mensual de cincuenta centavos, que servirá para afrontar los primeros gastos. A esa altura la asamblea debe discutir un problema de fundamental importancia: el atraso en los pagos de los jornales y las suspensiones que sufren los trabajadores por la falta de presupuesto para mantener el ritmo de las obras.

Juan Popovich anuncia que acaban de llegar los compañeros Juan
Carlos Frí­as y Juan Faimali, representantes de los estatales de Paraná.

El secretario de actas, Domingo Heredia, lee la credencial que presentan los recién llegados y de inmediato se los invita a informar sobre el propósito de su misión. Los dos obreros pintan un cuadro de trazos
sombrí­os sobre el trato que da el Estado a sus trabajadores y proponen gestionar conjuntamente ante las autoridades la normalización de los pagos y la supresión de las llamadas “economí­as”, que consistí­an en la suspensión del trabajo un dí­a a la semana.

El planteo es aprobado y se resuelve trasladarlo a la flamante Comisión Administrativa que deberá encargarse de la gestión junto con los delegados de Paraná. También se resuelve que esa conducción designe una comisión especial encargada de redactar los estatutos. Apenas pasada las 19 cuando la asamblea termina de deliberar.

De inmediato se reúne la Comisión Administrativa y, en una sesión que dura media hora, designa dos comisiones: una de ellas, integrada por Stiglich, Torres, De Natale y Popovich y los dos delegados de Paraná, deberá presentar el reclamo obrero ante las autoridades; la otra, de la que forman parte Mertello, Vázquez, Dante, Popovich y Heredia, será la encargada de escribir la primera carta orgánica.

A las 19.45, los 19 integrantes de la conducción del recién nacido sindicato estatal, comienzan a abandonar el recinto, ahora vací­o del Teatro Verdi.
Caí­a la noche sobre la ciudad de Buenos Aires, seis décadas atrás. Una Buenos Aires de 2 millones de habitantes que crecí­a dí­a a dí­a, presa de una extraña excitación. Aquella era la época de los “años locos”.

Europa hací­a tiempo que habí­a salido de los horrores de la Primera Guerra Mundial y en medio de la vorágine de un capitalismo febril, se precipitaba hacia el crack de 1929. A ritmo frenético se revolucionaban las costumbres y se transformaban las reglas del viejo liberalismo del “dejad hacer, dejad pasar”.

Los avances del motor a combustión y del motor eléctrico, la intensificación del uso del petróleo y la expansión del automóvil y del avión, impulsaban
una nueva oleada industrial. El cine mudo, el jazz, el charleston y los audaces cambios en la moda femenina, junto con la quiebra de la moral victoriana, parecí­an ser, para los vencedores de la gran contienda, el signo de una nueva era de prosperidad; sólo que esta vez la burguesí­a, advertida del peligro que encerraban las ilusiones del capitalismo liberal, estaba decidida a apurar los goces y recompensas prometidas.

Ese año dos obras cinematrográficas marcaban un hito: “La quimera del oro” de Chaplin y “El acorazado Potenkim” de Eisenstein. También Buenos Aires viví­a sus propias transformaciones. Eran los años en que se construí­a la avenida Constanera y el Parque Rivadavia, y el Plus Ultra se preparaba para unir el Puerto de Palos con el Rí­o de la Plata.

Por ese entonces el gobierno de Alvear trancurrí­a plácidamente, perfectamente asimilado al gusto y las inclinaciones de la alta sociedad oligárquica. En cí­rculos menos aristocráticos, un ritmo desprejuiciado y provocativo, el tango, se imponí­a sin discusión. El “Café de los Inmortales” y el “Café de los Angelitos”, eran lugares tí­picos de Buenos Aires, la ciudad puerto capaz de seguir en suspenso la visita del Prí­ncipe de Gales y que con verdadera voracidad imitadora, permanecí­a pendiente de cada una de las innovaciones europeas. Sin embargo no todo era motivo de prestigio: detrás del aparente esplendor burgués, la realidad social discurrí­a por senderos menos luminosos. Habí­a una clase social, la de los trabajadores, que no participaba de la prosperidad de ese mundo privilegiado, y cuya existencia se prolongaba en medio de vicisitudes y crisis

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